lunes, 11 de diciembre de 2017





SUMA.-
          Para Ana.

Aquella suma que multiplicas por mil por las cientos de  almas en cada palabra,
Es la poesía.

Y  las tentativas  entre tantos  dedos de tus propias manos, es la poesía:
 tinta en la sangre para  un  corazón.

Aquel rebozo de tanta tristeza, ¿cuándo es poesía? Sólo en los ríos de tu voz
 si te ríes o rompes y caminas  en el dolor de las sombras que nunca señalan.

¿Quién lo diría? Tiene tu nombre y nunca lo escribes.









Sin apellidos: la poesía tiene una sola realidad: el sufrimiento.

                 - Josefa la Penana
                                         
                                           … fuera de las lindes del corazón.



Mitigar el amor. Abrazó Caronte a tu hijo en el
Mítico Pontón, Estigia  donde, en súplicas,  rompías   
Las entrañas para sorber su dolor:

Santumadero.

Fueron tus pasos, entonces, pájaros muertos.
Sin andares y ciegos, roto el navío,
Los cuarentas dedos  traían tu elixir  para lijar

Los ojillos de madre: era el punzón que buscaba tu
Gólgota particular, la fuga de Patinir y sus oscuros barrancos,

Para retornar al amor, al hijo, a la esperanza.
La exactitud de las matemáticas.




Números




No son tus números los que llevo en la piel.
Están en la sangre de mi memoria, incrustados,
a fuego, por el calor de la nieve.

Prisionero de la insistencia ¿cómo salir de las púas de tantos alambres? Son canes feroces los que ladran
Tus silencios, y los miedos cercan y doblegan la espina
De aquella esperanza.

Para que lo entiendas: es el Aramo y sus nubes,
Negras como el amor sin palabras, negra leche
que bebo al amanecer.

miércoles, 6 de diciembre de 2017







  POR FIN
           Unas nubes redondas, blancas, pasan lentamente sobre el cielo azul en la lejanía. Azorin
               
Mejor la muerte que vivir sin amor. ¿Será, sin el rayo,
la torre de azul más piedra  para sobrevivir? Estrecho
lazo de muerte para resucitar la vida y buscar el trallazo
que pare el golpe del abrazo: dignidad para tanto nombre
que se esconde en la estampida del beso,  nunca de rutina,
labios ofuscados que son colores del corazón  para el alma.

Te hablo con la sangre, en el rincón de Asturias
que sabes displicente,  donde la miseria mastica
 los sentimientos; los piensa retales y  hacen
del amor un traje raído, pana desvaída
y sin botones, con lamparones de la desidia
en los ojos. Son así: quienes succionan la vida
en nuestro corazón son la envidia y su amiga,
sin duda, la mezquindad: los de siempre.

Es lo mismo. Allá ellos. Somos  tu y yo, y lo sabemos:
esa fuerza corregida por el roce  que revive
la palabra, nuestro fuego, el tacto y la brisa,
la fatiga del tiempo  cuando  sus pasos buscan
las huellas de nuestros dedos. Nuestro ámbito
es la vida y los cielos de tus ojos, sus tormentas,
esas nubes juguetonas que nos miran hoy como
sombreaban, en tiempos, el huerto de Melibea,
donde los amantes se decían, como nosotros,
de hoy para mañana … y siempre. Y miraban
al cielo donde eran, contra el olvido, palabra
en el tiempo, contra la muerte: por fin.
Corazones con palabras para Errasti.


Pesadumbre
                                                     Lo siento, Eduardo.
Me pesa la vida y me jode la falta de humor. Me gustan los
poemas de Errasti : se cisca en todo  y su desenfado con la del quinto
que se pinta los labios para lucir el coche y sus caballos
pese a un  marido cornudo , fue un poema con el premio mayor de la risa:
edición  agotada en los mentideros de la miseria,
era un político de renombre, pésimo vendedor de churros
a la prensa y sus canoros petirrojos vestidos de azul y sudadera.

Hay, sin embargo, tiznes de ternura en los lametazos
que juntos le damos a la esquina de la sonrisa que nos busca
cuando, en el café,  el tontaina  que escucha, se ríe de los azotes
que damos a las vocales que entafarran la tostada de miel y
soledad a la que pone cara de enteradillo: sabe de nuestro amor
por los débiles de corazón que son un poema sin dedicatoria.

Escapamos,  como sea, de la vanidad. Hacemos nuestros tus colores,
amor, con la caza de  LOS DIAS, aunque no competimos: con Eduardo
y páginas de  sarcasmos-cual tabaco de pipa-,   y los sin fin de Fernando, 
melismas,  costumbre inveterada, prevaricamos el instante
con tu nombre, mi Soni, reina del corazón, para que la vida
sea un caramelo en el pirulí del arte: el consuelo para tanto
corazón desalmado  que rebusca en la vida como si hoy 
fuera el  mañana,   cuna  de un desamor, el triunfo de las virtudes 
de Mantegna, ejemplo claro del canibalismo con la sonrisa
en los labios que azota los vientos que respiramos: vámonos lejos
del paraíso terrenal, España, poso  en el cáliz de oro,
el trazo sin tinta de un pirueta  en el aire, nuestra desazón.





Una escena
                        En este instante, breve y duro instante,
                                                    cuántas bocas de amor están unidas
                                                    cuántas vidas se cuelgan de otras vidas
                                                    exhaustas en su entrega palpitante.- A. González[1].



   
                                                  

Que somos, sin tiempo, padres de los instantes que aprovechan los momentos, es lo que dicen quienes, imaginarios de nuestro amor, hacen de los días las fechas de navidad. Y tienen razón: una brisa de ternura arrima nuestros corazones al fuego  donde el pan es candela del hambre que nos transita cuando somos y estamos en los dos. Para distraerla,
una puerta te presta la clavija que abre al envés de su corazón: cuidadosa de sus sueños,
buscas la victoria del tiempo cuando le das forma fuera  de su piel, un toque de ilusión. Y mientras, camino  por tu alma en compañía del marqués de Bradomín: me escuchas atada a tus tareas, en silencio, relajada: ya son ascuas los leños  que  hacen mágico el tiempo que restamos a la puesta del sol antes del viaje, tres días antes de la noche de navidad.   



[1] Palabra sobre palabra. A. González. Barral editores.1972.

domingo, 3 de diciembre de 2017


Ulises encadenado por esta maga de los deseos y de la palabra. Merece la pena la historia para saber en que nos convertimos si nos arrastran. 





C I R C E



¡Los deseos, Circe!

En tus deseos, Circe, el corazón de los sueños.

Los deseos, Circe, que  retratan,  fieros, a quien  reza infernales pasiones grabadas por  mastines en los espejos del alma: lo sabes.

¡Domesticas el miedo! Para ti, son violines los truenos, látigos implacables
Tus airadas palabras. Diamantes que  horadan las simas de una
Pasión encainada.


¡Los deseos, Circe!